Bierzo de leyenda: La sierpe rupiana

El ermitaño terminó de superar el último repecho y en lo más alto de la cima observó el inmenso valle que se extendía a sus pies. Acudía a la llamada de este lugar porque conocía el peligro que le acechaba; en estas tierras un antiguo mal había despertado y solo él podía hacerle frente. Anidaba en las montañas, en un lugar donde el silencio era tan inmenso, que por respeto, callaban hasta las aves con sus cantos y el lobo con su aullido.

Avanzando, se encontraba con lugareños que huían aterrorizados, sin poder articular más de tres palabras coherentemente del miedo que les atenazaba. Unos palidecían cuando oían hacia donde se dirigía y le persuadían para que no fuera, que había cosas que era mejor no molestar. Otros les tildaban de loco, porque solo alguien que perdió la cordura hace tiempo podía querer ir hasta un lugar que era el mismo infierno.

El ermitaño, con una determinación aún más firme, siguió avanzado en busca de su destino. Finalmente llegó a un río y siguiendo su curso hacia arriba se encontró unas ruinas recientes. El fuego había arrasado el lugar y unos cuerpos tendidos ya sin vida eran llorados por una mujer con la frente surcada de arrugas, ojos rojos a los que ya no les quedaban una sola lágrima y unas manos llenas de tierra; tierra de las tumbas de las que había sido su familia. El buen hombre se acercó a la mujer y sin decir una sola palabra la ayudó a enterrar a sus seres queridos. Con unas maderas calcinadas de lo que antaño había sido la estructura de la casa, hizo tres cruces y las clavó a la cabeza de cada tumba. Rezó una oración con la mujer y ofició un entierro íntimo y cargado de sentimientos.

Se pusieron a resguardo, hicieron una hoguera para pasar la noche y al calor de la lumbre entablaron una conversación:

-Dígame buena señora. ¿Qué tamaña desgracia ha podido ocasionar toda esta ruina? –Dijo el ermitaño-.

-La sierpe mi señor –contestó la señora-, ha sido la sierpe.

-¿La sierpe? ¿Qué culebra, en el nombre de Dios, podría provocar tanta destrucción? No hay animal tan grande sobre esta tierra que pueda ocasionar algo así.

-Empezaré por el principio mi señor. Mi nombre es María. Me casé tiempo ha con mi marido Juan. Tuvimos dos hijos que ahora se encuentran enterrados como bien sabe vos. Nuestra vida aquí era sencilla, era una buena tierra ésta para vivir. Hasta hace unos años.

Algo la despertó allá arriba, en las montañas, en una cueva tan profunda que parece que descendiera al mismo averno. Siempre se contó que había algo dormido. Que hace muchos años, quizá siglos, un demonio con forma de sierpe se arrastró por estos lares. Codiciaba el oro de los antiguos, aquellos que eran capaces de derribar hasta los picos más altos. Les robó todo el oro y lo guarda en esa oscura caverna. Siempre pensamos que eran asustaviejas, cuentos para meter miedo a los niños en las noches del Samaín.

Hace tres inviernos, unos pastores decidieron entrar dentro pese a que monjes del monasterio les insistieron para que no acudieran. Lo último que supimos de ellos fue esa mañana. A eso del mediodía un grito espantoso sacudió todo el valle. Tan grande fue, que hasta en los pueblos más lejanos se oyó. Mi hermana, que vive en Compludo, allá a lo lejos, lo oyó, fíjese usted.

Esa noche salió de su guarida. Era tan larga que no se veía la cola y la cabeza de una mirada. Llegaba ya la cabeza al monasterio y todavía el cuerpo estaba dentro de su cueva. Y ancha… Tanto como varias encinas juntas, ¿me entiende? Esa noche atacó a los pobres monjes y se comió a varios de ellos. Durante días no apareció, pero al poco, se conoce que le entró el hambre y volvió a las andadas. Ataca cada poco tiempo y no respeta ni la tierra sagrada. Es más, sus favoritos son los religiosos; solo el diablo puede hacer algo así.

Los ataques son cada vez más comunes y esta es la vez que más lejos ha llegado…

Monasterio de San Pedro de Montes
Monasterio de San Pedro de Montes

Al día siguiente, el ermitaño prosiguió su camino. Allá adónde iba, solo se encontraba con muerte y dolor. Las historias como las de María se sucedían una tras otra. Había grupos de personas que se escapaban del lugar viendo que no había nada que hacer y que todavía tenían alguna esperanza por rehacer su vida. Pero había otros que no estaban dispuesto a ello y defenderían lo suyo hasta la última consecuencia.

Un grupo de ellos se estaba organizando. Hacía tiempo que el miedo había dado paso a la temeridad y la locura y con las pocas herramientas que tenían a mano harían frente a la gran serpiente. Ese mismo día se preparaban para la lucha. El ermitaño, viendo la insensatez que iban a cometer, les rogó:

-Mis señores, no hagáis locuras como la que vais a hacer, pues a ese animal solo se le matará por la maña y no por la fuerza.

-¿Y quién sois vos para decidir sobre las gentes de estos pueblos? –Contestó el que parecía el líder-. Allá arriba, cerca del Castro Rupiano, el mal anida. ¿No deberíamos enfrentarlo en vez de morir como corderos dispuestos a ser degollados?

-Sí, mis señores, se debe enfrentar, pero no con las armas, sino con la inteligencia. Si vais arriba, moriréis.

El grupo siguió adelante sin hacer caso a las advertencias del ermitaño. Al cabo de unas horas un gran estruendo sacudió el valle, pareciera que el mundo se fuera a acabar de un momento a otro. Un instante después, se hizo el silencio; uno tan denso e inquietante que nadie tenía el valor de romperlo. Lo que duran dos respiraciones después un rugido gutural y sibilante a la vez hizo temblar los cimientos de las casas más robustas; un rugido lleno de ira y mensajero de desgracias, y todo el mundo sabía que el grupo que fue a enfrentar a la sierpe había fracasado.

Los más sabios del lugar avisaron que la siguiente noche la sierpe bajaría y se cobraría su venganza; hoy había comido y debía reposar, era el momento de marchar. Todo el mundo se dispuso a ello, pero el ermitaño les frenó y les dijo:

-No es el momento de huir, pues adonde quiera que marchéis, la sierpe os seguirá al no encontrar alimento. Es el momento de enfrentarla con inteligencia. Si vuesas mercedes me hacen caso, la derrotaremos.

Las preparaciones fueron arduas y todo el mundo se dedicó a ellas, había que arrimar el hombro y ya habría tiempo de llorar más tarde.

Llegó el día siguiente y otro enorme rugido sibilante resonó por todas las montañas. La sierpe llegaba, pero esta vez había alguien que la esperaba. En un claro apareció una enorme cabeza, tan grande era que se podría comer a un caballo de un bocado sin inmutarse; un cuerpo tan largo que no se veía el final y unos ojos tan siniestros que uno se quedaba petrificado al verlos como si de la misma Medusa se tratara. Exhalaba un fétido aliento que pudría las plantas que rozaba y ya nada más volvía a crecer allí. Animal así era imposible de domeñar.

En el centro del claro se encontraba una enorme hogaza de pan. La hogaza desprendía un olor tan agradable que la sierpe se sintió tentada de comerla. Se acercó a ella y la olió desconfiada; sin embargo, el aroma era tan atrayente que no pudo resistirse. En menos de lo que se tarda en pestañear, la sierpe realizó un movimiento tan rápido que resultaba increíble para un cuerpo tan enorme. La devoró y siguió su camino.

Poco tiempo después el enorme monstruo empezó a balancearse y a realizar extraños movimientos. Unos ruidos dolientes salían de su boca y unos temblores agitaban su cuerpo. Lentamente se fue frenando mientras sus ojos se cerraban poco a poco del agotamiento. Con un suspiro, los cerró por completo y se quedó profundamente dormida.

Era el momento, ¡ahora o nunca! La hogaza llena de bayas de tejo y jugo de apio había funcionado, habían dormido a la sierpe. El ermitaño rápidamente cogió su arma, una lanza de madera de castaño con una aguda punta incandescente que previamente había endurecido al fuego. Corrió hacia ella y con una rapidez y certeza proverbial, se lo clavó en un ojo llegando hasta el cerebro y abrasándoselo entero. Nadie se lo podía creer, durante años había matado y atemorizado a todo un valle y de una manera tan sencilla había sido liquidada.

San Pedro de Montes
Montes de Valdueza al fondo

Las gentes, alegres como se encontraban y olvidando las pasadas desdichas festejaban la muerte de la vil culebra. Todo el mundo se agolpaba junto al ermitaño y decían que solo alguien ungido por Dios podía tener esa destreza, un santo debía ser.

-¿Quién sois vos, mi señor, que tantas alegrías portas a estas pobres gentes?

-¿Tanto tiempo ha pasado que ya no me reconocéis? Fructuoso, yo soy Fructuoso.

Y ya nada volvió a ser lo mismo en el valle del Oza.

Epílogo

Esta es la historia de la sierpe rupiana, una conocida historia del valle del Oza sobre una mítica serpiente matada por Fructuoso de Braga.

La historia original es mucho más corta y se limita a contar que una gran serpiente se comía a los animales de los alrededores de San Pedro de Montes y cuando escaseaba esta comida, atacaba a los monjes del lugar. Impotentes, los monjes reclamaron al fundador del monasterio, San Fructuoso, para que la matara. La muerte fue tal y como se cuenta en la historia, con una hogaza de harina de castañas, bayas de tejo y jugo de apio. La sierpe anidaba en una cueva cerca de la ermita visigoda de la Santa Cruz, en el mismo pueblo. Era tan larga que cuando la cabeza llegaba hasta el monasterio, el cuerpo seguía en el interior.

Probablemente la historia tenga un origen muy antiguo, anterior a la cristianización y modificada convenientemente para facilitar la aculturación de los pobladores. Otro posible origen es el de una magnificación de un suceso poco extraordinario y que sirvió para ensalzar las virtudes del Santo y sus monjes.

Hoy en día todavía se puede admirar el monasterio en ruinas y a una pequeña ermita, del siglo XVIII, construida cerca de donde se encontraba la original. Lamentablemente, el frontal de dicha ermita, perteneciente a la visigoda, fue robado en el año 2007 por unos indeseables y ahora solo existe un hueco, señal de la mutilación que sufrió el edificio.

Frontal de la ermita de la Santa Cruz
Frontal robado de la ermita de la Santa Cruz

Frontal robado de la ermita de la Santa Cruz

Toda esta historia se encuentra en lo que es conocido como la Tebaida Berciana, la cual lucha por convertirse en patrimonio de la humanidad y así estar en la misma posición que las Médulas o el Camino de Santiago.

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s